La teoría de la Espiral del Silencio en la era de Internet

“Cobardes, pero no tan pocos”

Lo cierto es que no pensaba escribir nada sobre Trump. Ya han corrido ríos de tinta (digital) sobre el tema y no creía que pudiera aportar algún elemento nuevo o una perspectiva más interesante que las ya enunciadas por brillantes periodistas, columnistas, tertulianos… en fin, esas mentes preclaras, muchas de las cuales se pegaron el gran batacazo en los pronósticos. Otra vez.

Sin embargo, el otro día acudí al debate celebrado en la APM entre Miguel Ángel Aguilar y Mar Cabra, quien explicó, entre otras muchas cosas, que las elecciones americanas han mostrado cómo los medios están perdiendo su capacidad de influir en la sociedad.

Esa afirmación me hizo desempolvar una teoría comunicativa que estudié en 3º de periodismo. Supongo que la recuerdo porque cayó en el examen de una asignatura, Teoría General de la Información, que se me atragantó reiteradamente.

En aquel momento pensaba que el estudio de aquella materia no servía para absolutamente nada de cara al ejercicio de la profesión y en la facultad perdían el tiempo en vez de ir a lo verdaderamente importante, la práctica. Me equivocaba. Veinte años después me ha dado la oportunidad, al menos, de escribir este artículo. Pero también de reflexionar y buscar una explicación propia a los hechos que suceden a nuestro alrededor.

La piel que otorga cohesión a la sociedad

La teoría en cuestión es la Espiral del Silencio, de Elisabeth Noelle-Neumann. En síntesis, viene a concluir que existe una opinión pública dominante que determina lo que es o no socialmente aceptable, es decir, lo que resulta políticamente correcto.

Espiral_del_Silencio

Aunque no he conseguido encontrar mis apuntes de aquellos tiempos de estudiante inconsciente, buceando en Internet he refrescado mis recuerdos sobre la Espiral del Silencio, un fenómeno que, a nivel individual, tiene su origen en nuestro temor al aislamiento, al que quedaríamos expuestos si expresamos opiniones percibidas como minoritarias.

La opinión pública es “la piel que otorga cohesión a la sociedad”, según la politóloga alemana Noelle-Neumann, quien señala que los individuos adaptarán su comportamiento a las actitudes predominantes sobre lo que es aceptable mientras que tenderán a silenciar su opinión si ésta no es la aceptada.

De esta forma, se crean climas opinión, ya que la opción aparentemente mayoritaria se extiende rápidamente por toda la sociedad” (Wikipedia dixit). Sin embargo, eso no significa que el sector supuestamente minoritario cambie realmente de opinión, sino que sus integrantes evitan pronunciarse públicamente sobre aspectos espinosos.

Vamos, que salvo Clint Eastwood, son todos unos cobardes.

Y de esta manera se va conformando paulatinamente una espiral del silencio. Las opiniones mayoritarias o, mejor aún, políticamente correctas parecen expandirse mientras quienes disienten o van contracorriente, lo piensan pero no lo dicen.

Y pasa lo que ha pasado con el Brexit, la paz en Colombia o Trump

En los tiempos de Noelle-Neumann el medio que ayudó a consolidar los climas de opinión fue la televisión, mientras que en la actualidad podemos hablar de Internet, la prensa digital y, especialmente, redes sociales como Facebook o Twitter.

La burbuja formada por estas “opiniones silenciadas” se acaba pinchando en cuanto llegan las elecciones. Y pasa lo que ha pasado con el Brexit, con los acuerdos de paz en Colombia o con la “inesperada” victoria de Trump.

No tengo elementos para valorar lo ocurrido en el país sudamericano, pero respecto a Reino Unido, EEUU e incluso la mayor parte del Viejo Continente sí dispongo de una teoría. Es muy sencilla. Creo que nos estamos volviendo (como sociedad) cada vez más y más racistas. Aunque nos da vergüenza reconocerlo, no solo públicamente sino incluso a nosotros mismos, un fantasma recorre Europa, que en el siglo XXI ya no es el comunismo sino la intolerancia, especialmente hacia la inmigración. Que está mucho más cerca y es más significativo de lo que creemos. Sí, también en España.

Y seguro que a muchos “mayoritarios”, por decirlo así, les costará aceptar la dimensión real que ha tomado este fenómeno. Resulta más sencillo desacreditar la opinión de los “minoritarios” e ignorar su capacidad para influir en la agenda política, como ha ocurrido con los partidarios de Trump, que serán cobardes, pero han resultado no ser pocos.

Los incidentes xenófobos contra polacos -o españoles- se suceden en Gran Bretaña mientras en la patria de Noelle-Neumann se levantan muros contra el ruido que supuestamente producen los refugiados sirios y en la cuna de Libertad, en la Francia socialista de Hollande, la Policía obliga a desnudarse a mujeres musulmanas que toman el sol en burkini.

¿Incidentes minoritarios o mínimos reflejos de lo que muchos europeos, más de los que creemos, piensan pero no se atreven a expresar, salvo en las urnas?

O empezamos a tomarnos en serio este tipo de flujos de opinión, tratando de cuantificar su dimensión real -si esto es posible-, analizando detalladamente las causas, intentando comprender la postura de muchos ciudadanos europeos que reaccionan de forma natural e incluso previsible contra amenazas tan graves como el terrorismo o el declive del estado del bienestar, ofreciendo una respuesta adecuada, o nos llevaremos nuevas sorpresas.

Si, también aquí, en España.

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