La Revolución de los robots

Desde hace algún tiempo, no hay día en el que no escuche o lea alguna noticia sobre robots. Especialmente en relación con el impacto negativo que tendrá su progresiva (e irreversible) implantación en el mercado de trabajo, en particular, y en la organización de la vida humana, en general.  Tanto preocupa este nuevo escenario que algunos países como Finlandia se han planteado la puesta en marcha de una renta básica universal e incluso el Parlamento europeo aprobó la pasada semana una resolución en la que se incide en la necesidad de establecer un marco jurídico que otorgue garantías al desarrollo de la robótica.

Resulta curioso. No es la primera vez en la historia que el avance tecnológico y su desarrollo a través de las máquinas son contemplados como una grave amenaza para el ser humano.

En los albores del proceso de industrialización, la introducción de las máquinas constituyó una importante fuente de tensiones y conflicto social en Europa. Esos artefactos podían sustituir el trabajo de un obrero, minimizando sus costes, pero provocando efectos indeseables como el aumento del desempleo así como la bajada de los salarios de aquellos trabajadores que no eran despedidos.

La sublevación del hombre contra la máquina: el ludismo

Como consecuencia lógica, grupos organizados de obreros se dedicaron a destruir la maquinaria, en un movimiento denominado ludismo, que partiendo de Inglaterra se extendió por toda Europa, incluyendo España. En 1769, según relata Eduardo Montagut, en su artículo “El ludismo, la sublevación del hombre contra las maquinas”, se aprobó en el Parlamento inglés la primera medida legislativa contra la destrucción de las máquinas, que contemplaba la pena de muerte para los responsables de estos delitos.

Paulatinamente, las aguas fueron volviendo a su cauce y la situación se ha normalizado completamente, de manera que, dos siglos después, la convivencia entre humanos y máquinas resulta totalmente pacífica, e incluso podría calificarse de simbiótica. El desarrollo tecnológico ha conseguido modificar y mejorar nuestras vidas hasta alcanzar una dimensión de la que apenas somos conscientes. La industria, el comercio, la medicina, el hogar… cualquier faceta de la actividad humana se encuentra magnéticamente condicionada por la proliferación de todo tipo de máquinas, cada vez más sofisticadas, cada vez más inteligentes.

cartel-robots
Bart Heird/Flickr CC

Y no se ha producido ningún cataclismo o debacle. En los países desarrollados hemos disfrutado durante muchos años de un alto grado de bienestar social.

Supimos adaptarnos al cambio.

Cuando era una niña me encantaba leer historias sobre un mundo futurista en el que los robots y androides compartían el mundo de los humanos como ahora lo hacemos con nuestras mascotas. Devoraba a Arthur C. Clarke y especialmente, a Asimov, del que creo que no me perdí ni uno de sus volúmenes de ficción e incluso me atreví con otras obras de divulgación como La Medición del Universo.

Entre fundaciones e imperios se me iban los días. Interioricé las tres leyes de la robótica como un mantra e incluso hubiera lanzado una petición en Change.org (de haber existido) para que éstas alcanzasen la categoría de ley universal para la raza humana. Mis tres leyes para la Convivencia Humana, basadas en Asimov, y completamente utópicas, serían algo así:

1.          Un humano no hará daño a otro ser humano o, por la inacción, permitirá que un ser humano sufra daño.

2.          Un humano debe obedecer las leyes aprobadas mediante consenso por el resto de sus congéneres, especialmente la Declaración Universal de Derechos Humanos.

3.          Un humano debe proteger su propia existencia, que prevalecerá sobre la de quien la ponga en riesgo a causa de una violación de la primera o segunda ley.

A pesar de su terrible carácter, admiraba sinceramente a una doctora Susan Calvin, que nada tenía que ver con el personaje destrozado creado posteriormente por Hollywood. Como ella, creo que cuanto más conozco a los hombres, más amo a mis máquinas. Y tengo unas cuantas. Me gustan porque son completamente predecibles, confiables. No mienten ni te engañan o traicionan a las primeras de cambio. Viven para servirte fielmente y por eso yo las respeto.

No puede ser libre quien no es capaz de vislumbrar que no lo es

Las máquinas, la tecnología, los robots son muy útiles si aprendemos a usarlos adecuadamente pero implican graves riesgos si actuamos de forma irresponsable o por nuestra ignorancia, pasamos por alto sus peligros (en la actualidad, por ejemplo, el llamado Internet de las cosas).

revolución-robots
Sanko_Seisakusyo/Wikimedia Commons

Las historias sobre robots de Asimov me enseñaron grandes lecciones. Mi cuento preferido, sin ninguna duda, es “El hombre bicentenario” (destrozado versionado después por Hollywood). Uno interpreta los libros como quiere y yo siempre vi en este delicioso relato un canto a la libertad. No hay límites. Podemos ser lo que queremos ser. Basta con anhelar algo para alcanzar en parte ese deseo. No puede ser libre quien no es capaz de vislumbrar que no lo es.

Nunca imaginé que parte del mundo futurista planteado en los libros de Asimov llegaría tan pronto. En aquel momento eran solo ciencia ficción. En la actualidad, los procesadores son cada vez más potentes y los algoritmos ganan en precisión. 2016 ha sido el año de los bots. Los ordenadores son ya más inteligentes que las personas, y cuando dotamos de aspecto humano a esos ordenadores, haciendo de ellos robots, el resultado nos resulta tremendamente inquietante.

Al igual que ha ocurrido siempre con cualquier criatura que se atreve a adoptar la forma humana. De hecho, así comienza la resolución aprobada la pasada semana por el Parlamento europeo, tomando como referentes al Frankestein de Mary Shelley, el mito de Pigmalion o el Golem de Praga.

Por el momento, los grandes ordenadores no son capaces de tomar decisiones ajenas a aquello para lo que fueron programados. No son capaces de pensar, al menos de la forma convencional en que lo hacemos los humanos, pero esto solo es cuestión de tiempo.

Salvar a la humanidad de sí misma

Uno de los argumentos clásicos de la ciencia ficción es que los robots, ajenos a la empatía, el amor y otras emociones, se vuelven más inteligentes que nosotros y toman el control. En algunos casos con el fin de protegerse (Blade Runner) y en otros con el más que humano propósito de calmar la sed de poder. En otros escenarios, como los reflejados en El conflicto evitable (Asimov) o la futurista Yo, robot, para salvar a la humanidad de la autodestrucción. Para salvarnos de nosotros mismos.

En realidad, creo que las cosas nos irían mucho mejor si las decisiones para garantizar la subsistencia de la humanidad las tomase una máquina, de forma estrictamente racional y objetiva. El problema es que primero habría que programarla. Y eso, por el momento, es tarea de humanos. Humanos que piensan, sienten y tienen una ideología, unos principios… u otros. El código también tiene sentimientos.

En estos días inciertos elucubramos sobre cómo enfrentarnos a este nuevo universo de máquinas pensantes.  Nos planteamos qué debería hacer un vehículo autónomo en caso de accidente, a quién o cuántos debería salvar. De hecho, el siniestro del primer coche de estas características llenó miles de páginas digitales. De nuevo, el miedo a las máquinas inteligentes.

También crece la preocupación frente a la amenaza de un mundo automatizado, en el que por segunda vez las máquinas sustituyen a los seres humanos y les roban su trabajo condenándoles a la miseria. Quienes se plantean esta problemática olvidan que en muchos lugares del mundo ya hay millones de seres humanos sin trabajo o que desarrollan trabajos esclavos, en una pobreza casi absoluta, sin esperanzas… como ocurría en otro de los clásicos futuristas por excelencia, Metrópolis, de Fritz Lang.

cartel-metropolis
Breve Storia del Cinema/Flickr

En todo caso, el posible impacto negativo de la robótica en el actual modo de organización social es una amenaza real, cercana y factible. Como siempre, el problema no serán los robots o los androides sino el uso que las personas hagamos de ellos.

Ese mundo casi completamente mecanizado, en el que las máquinas liberan al ser humano de las cadenas de los trabajos más pesados y alienantes debería ser interpretado, en realidad, como un avance sin paliativos, un gran regalo para la humanidad, si es que llegamos a ser capaces de sacarle provecho.

Al igual que ocurrió tras la primera revolución industrial, el trabajo no desaparecería totalmente. Se crearían nuevas tipologías de empleo, nuevas oportunidades laborales. El planeta sería más eficiente y ahorraríamos en recursos. Las personas dispondrían de mucho más tiempo para disfrutar con la familia, para estudiar, para formarse, para hacer voluntariado…

Quizá todo esto resulte una utopía (por ello he conjugado en condicional), especialmente si atendemos a las tendencias de la sociedad actual (y pasada), más proclive a la concentración de riqueza y recursos que al reparto equitativo de los mismos.

Pero realmente está en nuestras manos definir cómo usaremos todas esas máquinas, robots y androides que ya estamos ideando, construyendo y perfeccionando.

En beneficio de toda la sociedad, o en el de solo unos pocos.

 

Descargar la Resolución del Parlamento Europeo sobre Robótica (pdf)

Deja un comentario

Uso de cookies

Este sitio utiliza cookies para facilitar la navegación por el mismo Puedes consultar aquí nuestra política de cookies ACEPTAR

Aviso de cookies