Porque el mundo está cambiando

Desde el principio, los seres humanos nos hemos dedicado a contar historias. Cuanto mejores o mejor narradas las historias, más prestigio de los narradores en su comunidad. El conocimiento, la tradición, los mitos, el modo de entender e interpretar el mundo se transmitían primero de forma oral, de generación en generación. Después llegaron los papiros, los pergaminos, los manuscritos…

La invención de la imprenta supuso un hito en el camino, pero aún tendrían que transcurrir 150 años hasta el nacimiento del primer periódico. Lo explicaba esta semana el conocido profesor y conferenciante norteamericano Jeff Jarvis durante su intervención en la jornada organizada por Google en Madrid para analizar el futuro del periodismo en la nueva era digital. El prestigioso periodista aseguró que la web es el momento Gutenberg de nuestra era y aún necesitamos más tiempo para asumir los cambios, para digerirlos.

El mundo está cambiando pero, en realidad, hay cosas nunca cambian. Para hombres y mujeres de cualquier tiempo y lugar siempre ha sido esencial contar historias. Nuestras motivaciones, anhelos, deseos, preocupaciones… no han variado en exceso a lo largo en miles de años, así que las historias son similares. Lo que cambia es la manera de contarlas. Y cada vez cambia más y más deprisa. La clave ha sido, es y será contarlas bien. Y aprender del pasado.

 

En El Nombre de la Rosa, la abadía que nace de la imaginación de Umberto Eco es un pequeño microcosmos que se resiste a los grandes cambios que se gestan en el mundo exterior. Los monjes son guardianes del conocimiento pero ni lo transmiten, ni lo difunden, ni lo aprovechan para crear, a su vez, nuevo conocimiento. La biblioteca es un sitio oscuro y lleno de misterios, un lugar prohibido que engulle y acaba con quienes osan profanar sus secretos. El anciano monje ciego -el hombre medieval- se niega a asumir que el mundo está cambiando, y no sabe que la ola arrastrará a todo aquel que trate de oponerse. El nuevo hombre renacentista, ilustrado, analítico, crítico -Guillermo de Baskerville- movido exclusivamente por su curiosidad, accede a la biblioteca y encuentra el libro prohibido, el libro envenenado: la Poética de Aristóles. Como casi todas las buenas historias, el final resulta trágico: biblioteca y abadía son destruídas por el fuego y el anciano monje ciego perece entre las llamas, defendiendo con su vida el Libro, que se perderá para siempre.

Es solo una novela -magistralmente narrada por el profesor Umberto Eco- pero guarda infinitud de paralelismos con el tiempo que nos ha tocado vivir, un momento de transición entre el periodismo impreso o audiovisual y el nuevo periodismo que ya está aquí, un nuevo modo de contar historias que ha revolucionado la forma en que se transmite la información. El mundo está cambiando y nada puede impedirlo ya. Adaptarse o perecer.

El periodista tiene un papel esencial en esta nueva era

El periodista, como narrador de historias, de hechos, de acontecimientos, tiene un papel esencial que jugar en esta nueva era del conocimiento, abrumada en muchos casos por el exceso de información. Los periodistas, entre otros muchos otros protagonistas, podemos ofrecer algunas claves para entender el mundo. Pero, como reconocía Jeff Jarvis, aún debemos encontrar nuestro camino. Nuevos tiempos demandan nuevos modelos.

El fenómeno del periodismo ciudadano, la popularización de los blogs como creadores de contenido, la difusión de noticias a través de redes sociales, la creación de nuevas plataformas para compartir información no deberían, en ningún caso, contemplarse como una amenaza para la prensa y los periodistas sino como oportunidades para crear un mundo mejor, en el que la información circule más y de forma más rápida, más democrática, ajena a la tiranía de los grandes grupos de comunicación, los grandes grupos económicos, los centros de poder.

Cartel de la Jornada BigTent en Madrid

En ese ámbito será fundamental fundamental nuestra tarea. El análisis crítico de los hechos, la oportuna pregunta sobre lo que aparentemente es oscuro, el enfoque que marca distancias, la contraposición de las distintas versiones de la historia, el reflejo de la infografía que lo explica con gracia, el repaso a la hemeroteca y miles caminos que aún están por explorar, por inventar. Es el valor añadido que podemos ofrecer.

Cada día me interesa menos esa agenda que imponen unos medios cada día más caducos. Hay miles de noticias, miles de historias que merecen la pena ser contadas. Y transmitirse. Los periodistas invertimos muchos años en nuestra formación para poder recopilar, analizar, encontrar, redactar y transmitir la información de la mejor manera posible. Ahora, en este nuevo modelo nos toca seguir explorando las inmensas posibilidades que ofrece la tecnología.

Un modelo que aún está definiéndose

En todo caso, como sugirió Jeff Jarvis en su visita a Madrid, el modelo está aun definiéndose. Un contexto en el que suelen triunfar los que llegan primero o quienes lo hacen mejor que los demás. La brecha abierta con la creciente innovación en la red abre un panorama infinito de nuevas posibilidades en todos los campos, pero especialmente en el plano informativo. Y quien no sepa aprovecharlas, no se merece estar ahí. Será arrastrado por el avance de los nuevos tiempos, al igual que le ocurrió al anciano monje ciego de El Nombre de La Rosa.

La prensa diaria en papel, al menos tal y como la conocemos, tiene los años contados. Y si las cabeceras tradicionales no saben verlo, seguirán acumulando miles y cientos de miles en pérdidas. Perecerán al fin.

Porque el mundo está cambiando.

Un comentario sobre “Porque el mundo está cambiando

  • el 4 noviembre, 2014 a las
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    Artículo muy interesante. Las historias del periodista son más cercanas a la realidad, es decir, a la gente.

    Efectivamente, hoy necesitamos imperiosamente más información pues la opinión es algo privativo de cada uno y únicamente debe modificarse por convencimiento y no por intereses propios o ajenos. No se ha podido “inventar” nada más dañino socialmente que el término “politicamente correcto” y cuanto implica. Con ello se pierde la frescura de nuestra mente y se anula nuestra capacidad de raciocinio.

    Esperemos que Orwell no tenga razón y el ser humano siempre esté por encima de las imposiciones, sean éstas nítidas o más o menos veladas.

    Gracias por el artículo, pues mientras contemos historias y nos las cuenten vivirá en cada uno de nosotros lo más valioso del ser humano. Su ilusión, su capacidad de relación, su ágil visión del mundo que le rodea

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