La letra pequeña de algunas ofertas de empleo

Estos días han sido noticia las declaraciones del chef Jordi Cruz sobre el papel de los aprendices de cocina (stagiers para la cool people) en los fogones de los grandes restaurantes con estrella Michelin.

La relativa escasez de noticias con motivo del puente, en conjunción con el factor Primero de Mayo se han encargado de hacer el resto. Léase un trending topic de los de campeonato.

A estas alturas, la polémica, sobre la que se han vertido caudolosos ríos de tinta, ya se encuentra un tanto gastada, por lo que no entraré al trapo. Pero el asunto me ha hecho recordar una experiencia reciente que me gustaría compartir.

Hace unos meses me presenté a una oferta de empleo en la que se buscaban asesores que, por vía telefónica, pudieran guiar a los clientes de una conocida entidad bancaria en relación con el funcionamiento de una aplicación de móvil que acababan de poner en marcha. Quien se encargaba de seleccionar al personal y realizar las contrataciones no era la propia entidad bancaria sino una empresa intermediaria.

 

Dependiendo de la demanda

El sueldo no era para cantar aleluyas y las condiciones concretas no se especificaban en la oferta, pero me encanta la tecnología y una de mis funciones “de oficio” en la vida es la asesoría a familia y amigos varios sobre el funcionamiento y problemática de cualquier aparato, aparatejo, aplicación, programa, ordenador… que se cruce en el camino. Así que pensé que ese empleo y yo podríamos entendernos perfectamente.

Hice la entrevista con otras dos personas, dos mujeres -una joven y otra de mediana edad- que trabajaban habitualmente como teleoperadoras. La responsable de selección resultó ser bastante agradable y cordial.

Nos explicó que el contrato era por obra y servicio, dependiendo de la demanda por parte de los clientes en los primeros días tras la puesta en marcha de la aplicación. Y añadió que antes de empezar a asesorar a clientes había que asistir a una formación de tres días… ¡sin remunerar!

Por mi parte, le comenté muy educadamente que no estaba dispuesta a trabajar de forma gratuita y, peor todavía, sin dar de alta en la Seguridad Social. La seleccionadora pareció quedarse un tanto extrañada. Por lo visto, mi reacción no debía ser la habitual en esos casos.

–          Pero… se trata de formación y no de trabajo -argumentó-

–          Pero se trata de una formación muy específica y únicamente válida para desempeñar ese puesto y de la que yo no me beneficiaré en absoluto -precisé-

Desconozco si las dos personas que hicieron conmigo la entrevista se quedaron finalmente en el puesto, pero no pusieron ninguna objeción a ese requisito de “horas gratis” en beneficio del empleador. De hecho, había que firmar un documento mostrando la conformidad con recibir esa formación sin remunerar. Ambas lo firmaron.

 

Poner dinero de mi bolsillo

Salí de allí entre indignada y deprimida. Tanto la responsable de personal como las otras candidatas me hicieron sentir como si fuera una persona muy exquisita o remilgada que va por ahí poniéndole peros a un puesto de trabajo.

Me preguntaba qué ocurriría si sufriese cualquier accidente o percance mientras permanecía o me dirigía a mi puesto como “receptora de formación”. También me parecía surrealista tener que poner dinero de mi propio bolsillo para cubrir los desplazamientos a la formación así como la manutención durante esos días, mientras que la empresa, por su parte, podía ponerme “de patitas en la calle” a las pocas horas de haber comenzado en mi puesto por razones que nada tendrían que ver conmigo.

Tan solo porque no hubieran estudiado adecuadamente la demanda y no existiese un cupo suficiente de llamadas. Y entonces les habría regalado 24 horas de mi vida, tres jornadas laborales, sin recibir absolutamente nada a cambio. Un negocio redondo, vamos. Solo que para la empresa contratante de la primera parte.

En mi entorno se interesaron posteriormente por el resultado de la entrevista. Cuando expliqué lo ocurrido, esperaba recibir gestos y expresiones de comprensión. Al menos que compartieran mis razonamientos.

Me llevé una gran sorpresa. Aunque no todos, muchas más personas de lo que hubiera considerado razonable no entendieron que hubiera rechazado de esa forma una oportunidad laboral. Hubo algunas caras de incredulidad. Un familiar me recordó que una tía lejana había trabajado durante todo un año completamente gratis hasta quedarse con el puesto.

Decidí ignorar ese monumental ejemplo de generosidad familiar, pero lo cierto es se me cayó el alma a los pies.

¿Cómo es posible que lo que yo veo tanta claridad (que mi tiempo vale lo suficiente como para no regalarlo) choque con las ideas de personas tan cercanas?

Después de leer estos días las más variopintas argumentaciones en relación con la polémica respecto a la barra libre de aprendices en los restaurantes Michelin compruebo que afortunadamente no soy una marciana recién llegada de otro planeta. Hay otros seres humanos que también consideran que este tipo de prácticas son un completo abuso.

Aun así, en el fondo más profundo de mi ser todavía puedo hallar algún pequeño hilillo de culpabilidad.

 

Un comentario sobre “La letra pequeña de algunas ofertas de empleo

  • el 12 junio, 2017 a las
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    Hola compañera. Yo hice en su día una formación para Arvato, la empresa que lleva el call center de Orange. Sin remunerar, por supuesto. Afortunadamente, me salió mi actual empleo antes de terminar. Y, fíjate, de los 15 que éramos al iniciar el curso, terminaron cogiendo solo a dos. Por necesidades del servicio, claro. Se aprovechan de la necesidad y así estamos. No te sientas culpable. Al menos te queda la satisfacción de no haber contribuido a que estas cosas pasen. No es poco.

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