La increíble historia del cogote de Ignacio Gonzalez y los zapatos verdes de Esperanza Aguirre

Con el constante bombardeo estos días en televisión de informaciones sobre la Operación Lezo y la detención de Ignacio González, me he acordado de las tortuosas dos horas que pasé, hace ahora unos tres años, contemplando a escasos centímetros su presidencial cogote.

Una panorámica que inevitablemente conllevó variadas y numerosas elucubraciones que, a la postre, desembocaron en un pensamiento único y obsesivo, que se fue adueñando completamente de mi mente a lo largo de aquellos largos, larguísimos 120 minutos, en los que cada vez con mayor intensidad sentía un irrefrenable impulso de…

darle una buena colleja.

Y esto no es una figuración literaria, sino que me ocurrió realmente. Tuve que concentrarme mucho para eludir esos pensamientos y centrarme en el acto que ambos -y unos cientos de personas más- compartíamos: la entrega de premios de la Asociación de la Prensa de Madrid.

Y también en quienes éramos los protagonistas de esta historia. De una parte, el todopoderoso presidente de la Comunidad de Madrid y delfín de la política más histriónica en este país hasta la fecha, y de otro una periodista local casi completamente desconocida, pero que aspiraba -y aspira- a ser seria, profesional y de reputación intachable…

algo que habría arruinado completamente aquella tan deseada colleja.

Todavía, mientras contemplo la imagen, paladeo el momento. Más adelante explicaré las motivaciones de tan inconveniente comportamiento.

 

Inexplicable pérdida de la cordura

En mi lucha mental interna, tuve que echar mano de otras imágenes para resistirme. Las del después. ¿Me detendría la seguridad del acto o serían los policías de la Casa de Correos los encargados de sacarme a la rastra, mientras las decenas de cámaras allí presentes grababan el inusual y por otra parte, jocoso, acontecimiento?

Me imaginaba las caras de incredulidad, de vergüenza ajena… ¿Le daría la risa a Jordi Evole, que en esos momentos ofrecía su discurso en el estrado? ¿Acabaría yo abriendo el Telediario, Primera Edición? Mejor ni pensarlo.

La consumación del acto conllevaba mi expulsión automática de la Asociación de la Prensa de Madrid, que era quien me había invitado (aunque no creo que en los estatutos se haga referencia expresa a collejas presidenciales). Y mis padres se morirían por los siglos de los siglos de la vergüenza.  Y no quiero ni imaginarme el choteo de los compañeros cada vez que asomase por una rueda de prensa.

Bueno, algunos -quizá muchos- me hubieran aplaudido.

Para indagar en los motivos de mi inexplicable pérdida de la cordura, hay que remontarse a otro acto público, también plagado de público y periodistas, celebrado un par de años antes.

Y otro pensamiento igualmente obsesivo. En esta ocasión la protagonista indiscutible del mismo era la “rubia entre las rubias”: Esperanza Aguirre. Afortunadamente, en aquella ocasión no tuve que luchar contra impulsos de collejas asesinas.

El problema es que durante cerca de una hora fui incapaz de apartar la vista de los zapatos de la presidenta o, mejor dicho, de la “reina” indiscutible de aquel acto (solo hay que ver las imágenes).

Unas sandalias con plataforma en verde pistacho muy llamativas, por otra parte.

 

Esperanza Aguirre en toma posesión de Agustín Juárez
Acto de toma de posesión de Agustín Juárez como alcalde de Collado Villalba. Junio 2011 / Cedida Ayto.

 

El acto en sí, la toma de posesión de otro “delfín” de Aguirre, Agustín Juárez, en un feudo una alcaldía largamente deseada por la expresidenta popular en Madrid, la de Collado Villalba.

Volviendo a los zapatos, quizá no eran el calzado más adecuado para una presidenta autonómica que en aquel momento rozaba los doce lustros, pero… ¿hay algo que sea inadecuado para Esperanza Aguirre?

Como digo, no podía dejar de mirar aquellas sandalias con deleite. Y mientras lo hacía, a la vez me planteaba si un año después continuaría en mi puesto de trabajo. Tras el cambio de color de este ayuntamiento circulaban rumores muy preocupantes de los que los periodistas no solemos salir bien parados.

 

Dos ranas para Esperanza

En todo caso, era un gran error. Mientras mi vista volvía una y otra vez a las sandalias y no dejaba de preguntarme “si sería despedida”; desconocía que la pregunta correcta (como diría el holograma de Yo, Robot) era “cuándo” sería despedida.

Un año después de mi fijación por las sandalias, yo ya no estaba en mi puesto como periodista de aquel consistorio.

Catorce de los ediles populares que tomaron posesión en aquel momento aprobaron, algunos meses después, mi despido y el de otros 33 compañeros (en el último ERE previo a la reforma laboral). Dos de ellos acabaron saliéndole rana a Esperanza Aguirre.

De un verde “rana” muy similar al color de sus zapatos de aquel día.

Uno de esos dos batracios púnicos, Agustín Juárez, llegó a la alcaldía como una imposición del PP de Madrid en las listas locales de Collado Villalba poco antes de las elecciones locales de 2007.

Esto motivó la dimisión del entonces candidato, el abogado Julio Henche, quien denunció que se iba debido a las insistentes presiones de Ignacio González por meter, como fuese, en lo alto de la lista al “paraca” Juárez, posterior ejecutor del ERE.

El día de los zapatos verdes yo vi con estos ojitos cómo la reina madre besaba y abrazaba con efusión a su querido príncipe. Pero como es natural, cuando éste acabó por transformarse en rana, se olvidó completamente de él. Ya no podía reconocerle.

Y aquí está la pequeña historia detrás de la ansiada colleja.

Varios años después, frente al cogote parcialmente plateado de “Nachete”, hube de olvidar que a escasos centímetros de mi tenía el cogote del responsable penúltimo de mi despido.

Esta misma semana ha caído la colleja.

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